ESTELA ARRIAGADA PSICODIAGNOSTICO

 ¿SOMOS IMPRESCINDIBLES? *

 

Estela Arriagada 

Cuando se me propuso el abordaje de esta cuestión con vosotras me surgió la 

 

pregunta: ¿imprescindible para qué?, enmarcada en un interrogante más amplio: ¿realmente puede alguien sostener, haga lo que haga, que es imprescindible? (dejando de lado obvio es, que hoy por hoy, tanto mujeres como hombres son imprescindibles para el mantenimiento de la especie, pero no se trata, al menos en esta ocasión, de esto). Las reflexiones de hoy tienden a una segunda parte de trabajo en Talleres que yo traduciría en: ¿si soy prescindible en las preocupaciones, hacia dónde dirijo mis ocupaciones?.  Quisiera que saliéramos hoy de aquí con cierta comunidad de criterios respecto a la cuestión a tratar y ello solo será posible si, tras mi exposición, ustedes se conceden la palabra para rebatir, ampliar, modificar estos puntos de vista míos, de manera que al fin, podamos decir que el resultado obtenido es el punto de vista de todas.  Parto de la convicción de que los problemas que abre la pregunta sobre la imprescindibilidad nos atañen a todas, condición sine qua non para exigirnos que pensemos sobre ellos y tomemos posición.  El tema apunta a lo más arraigado en la mujer: el rol de género, que nuclea la maternidad y el cuidado del hogar y otros miembros en él presentes, funciones consideradas excelsas en la sociedad patriarcal y que han dado forma social a lo que se considera la feminidad.  El rol de género es el conjunto de expectativas acerca de los comportamientos sociales apropiados para las personas que poseen un sexo determinado. Es la estructura social la que prescribe una serie de funciones para el hombre y la mujer como propias o naturales de sus respectivos géneros. Sin embargo, y esto es lo importante, cada persona puede asumir o rechazar esta asignación del rol.
Para entender el modo en que la identidad de la mujer se ha abrochado al rol es interesante reconstruir algo de la prehistoria del psiquismo infantil. En los primeros años, el niño y la niña mantienen la creencia de ser todo lo que la madre desea. Por otra parte la madre, marcada por su propia incompletud,  será la fuente de esa ilusión. A la madre se le atribuye un poder basado no solo en la ilusoria creencia del niño sino en la realidad del ámbito de acción social de ese poder que es el hogar. En la mayoría de las familias de nuestra cultura, la madre es dueña y señora del hogar, ella y los niños forman el corazón del ámbito doméstico siendo las madres las que dictan las normas y reglas de proceder que gobiernan esta organización. Los hombres están incluidos en las unidades domésticas pero su esfera social privilegiada es la pública, el mundo exterior.
El niño y la niña saben que la persona que prodiga y legisla los cuidados, la satisfacción, la protección, es decir, el bienestar entero, es mujer. Sin embargo, así como para el niño el padre se constituirá en un doble, un modelo, para la niña la madre será un doble absoluto pleno de poderes y atributos: un ideal. La niña vivirá el paraíso de ser igual al ideal con quien se tenderá a fusionar y confundir, por eso el proceso de separación y de individuación respecto a la madre se producirá con más dificultades que en el caso del niño: permanecer de algún modo ligada a la madre favorece la organización de una feminidad convencional legitimada por nuestra cultura. Sin embargo, esta dependencia respecto a la madre podrá ser terreno donde germine un núcleo desvalorizado que aparece en muchas mujeres relativo al “miedo a no poder o a no saber” afrontar nuevos retos. 
La paradoja a la que debemos enfrentarnos es que, el estereotipo del rol femenino en nuestra sociedad viene a determinar como pertinentes al género una serie de conductas que al mismo tiempo, poseen una baja estimación social y son sospechosas desde el punto de vista sanitario por ejemplo: la dependencia de los demás para definir la existencia. Uno de los objetivos de los que trabajamos en salud mental es que las personas accedan a su autonomía, descentren su objetivo vital de vivir con las metas orientadas hacia los otros a vivir para sí, responsabilizándose de sus actos, asumiendo la soledad de sus decisiones y conectando con el gozo o el sufrimiento que éstas provoquen. 
Pero más allá de los condicionamientos externos, más allá de la identificación a la madre, la pregunta acerca de la imprescindibilidad de la mujer en el ámbito doméstico apunta al corazón de una identidad femenina que se constituyó en una doble espera: la del hombre del cual deseará un amor que la defina como sujeto y del hijo cuyo nacimiento será la prueba de que ha sido capaz del acto supremo: la creación de la vida. Conseguidos estos objetivos: ¿cómo distanciarse sin perderse a sí misma en el intento?. Además, me podréis también decir: ¿es obligado distanciarse?.
Si según la feminidad convencional, buena esposa es la que sigue y acompaña al marido, buena madre la que permanece al cuidado exclusivo de los hijos ¿ qué clase de mujer es la que destina sus energías, todas o en parte, a pensar y hacer para sí misma? ¿acaso aquella que privilegia sus aspiraciones profesionales o intelectuales, campo tradicionalmente masculino, está “huyendo de su feminidad”?. Tremenda ecuación la que debe resolver la mujer acerca de una decisión que si la mantiene del lado de la madre - ideal infantil todopoderoso, dueña de los hijos y directora de la orquesta doméstica - es a cambio del reconocimiento de un rol conflictivo, el de ama de casa, ambivalentemente valorado desde el punto de vista social y actualmente sujeto a una gran movilidad. Pero si opta por romper con el modelo tradicional, el precio es un incómodo sentimiento de culpabilidad, la sensación de estar siempre en el sitio inadecuado, una suerte de ansiedad por darse permiso para acceder a “territorios que no le son propios” porque no incluyen las necesidades de los otros y un temor flotante a acceder al disfrute o al éxito como si tocar ese anhelado cielo trajera la amenaza del rechazo social, los conflictos afectivos, el hundimiento del grupo familiar del cual ha sido históricamente el eje.
¿Qué quiere la mujer?. Entre nosotras habrá toda clase de tipologías. Por ejemplo aquella que puede permitirse la ayuda de electrodomésticos y personal de servicio que la liberen de la parte más pesada y rutinaria del trabajo doméstico, que disfruta tal vez de aspectos más creativos como la cocina y que ejercita sin pesar el papel de equilibrante emocional de los miembros de su familia. En este escenario de entrega, la amenaza se plantea cuando, por ejemplo  los hijos no aprueban en sus estudios “¿qué habré hecho mal?” o cuando el marido, busca el ocio de fin de semana dentro de casa y ella espera la recompensa de un ocio compartido fuera de lo que fue el ámbito de su “trabajo por amor”.
Por ejemplo, aquella otra que no cuenta con la ayuda de personal doméstico, que padece este fenómeno derivado de la sociedad industrial que viene a decir que todo trabajo no remunerado carece de valor social, concepción que ha penetrado también en los hogares y en la mentalidad de las mujeres contribuyendo a situarlas ante un nuevo dilema: si no trabajan fuera de casa ¿cómo exigir al hombre, proveedor económico, que comparta esta carga? , y si ellas también ingresan ¿cómo convencer al hombre para que asuma la división de un trabajo carente de toda estima?.
Pero aún así, habrá tal vez entre nosotras mujeres que comparten el trabajo doméstico con maridos e hijos participativos y que, a pesar de ello, sientan que hay “cosas intransferibles”, que la organización no funciona igual si ellas se ausentan.
Estamos ante la difícil tarea de delegar que implica un doble trabajo: elegir qué se delega y en quién. Delegar implica depositar en el otro una responsabilidad y que el otro la acepte y asuma, pero sobre todo significa deshacerse de una función aceptando el riesgo de traspasar a otra persona la responsabilidad que conlleva un trabajo.
En un manual sobre delegación de trabajo en las empresas encuentro la siguiente frase: “Pocos directivos delegan bien. Parte de la razón es que no saben cómo delegar eficazmente, sin embargo puede que la causa más corriente sea que no quieren delegar. Por una serie de razones no quieren abandonar el control sobre el medio en que trabajan, es probable que equiparen el control con el poder y que sientan que si pierden el control pierden también el poder”. ¿Podríamos aplicarnos las mujeres estas reflexiones?. ¿Hasta dónde no es verdad que ocuparnos de las necesidades básicas y emocionales de los hombres y de los hijos nos ha conferido un poder al que no queremos renunciar? ¿Porqué si no es así a veces nos oímos desde nuestra propia trampa: ”lo hago yo, no me cuesta nada”, ” mira, déjame a mí porque, menudo desastre”, ”lo hago yo y así terminamos antes” etc., etc.?.
Se me pide que avance hoy en la cuestión que será objeto de trabajo en los Talleres y que se sintetiza en cómo aprender a delegar tareas. Siguiendo nuestro manual y procurando aplicarlo a la “empresa doméstica”: “La preparación para la delegación incluye tres etapas fundamentales: Propiciar la actitud correcta, decidir qué delegar y decidir en quién delegar”. Propiciar la actitud correcta en uno mismo, es decir, creerse la delegación, estar seguras en nuestro caso de que estamos dispuestas a abandonar una parcela de poder y de control para depositarla absolutamente en el otro. Un paciente adolescente me cuenta entusiasmado que su madre ha delegado en él todos los cuidados del perro. A los pocos días de comentar en casa que había pedido hora para el veterinario descubre enfadado, que su madre había llamado al veterinario para anunciarle que su hijo iba a visitarle. ¿Qué pasó en esta “delegación a medias”?. 
Una actitud correcta implica también arriesgarse, aceptar que al otro le supondrá tiempo y organización aprender la tarea y que mientras tanto tal vez los resultados no sean satisfactorios. Dice nuestro manual: “No espíe a los miembros del equipo para investigar su progreso. ”No insista en los errores cometidos, deles la oportunidad de corregirlos”. ¿Seremos capaces?.
 Una actitud correcta implica, por último, decir claramente lo que se espera de la delegación, dando la información necesaria sobre lo que usted entiende que es el modo más operativo de llevar a cabo la tarea. Y aquí un inciso: Usted quiere que el otro haga su cama, explica el modo en que usted lo haría y el otro hace la cama pero a su modo ¿le sigue valiendo?.
El siguiente paso: qué delegar y cito:
“La técnica que aparece a continuación le ayudará a decidir qué tareas es necesario delegar: 1. Elabore una lista de las responsabilidades del trabajo diario que se quedaría sin hacer si usted abandonara su puesto de trabajo.2.Haga una lista de los miembros del equipo que estarían cualificados para hacerse cargo de dichas responsabilidades. Si no hay nadie preparado para ello, deje un espacio en blanco.3.Cuando la lista esté acabada, añada los espacios en blanco para ver cómo quedaría el departamento si usted desapareciera del mapa”.
En este punto quisiera matizar que, por las características del rol de género del que hemos hablado, a las mujeres nos cuesta tener conciencia del tiempo destinado al trabajo doméstico. Este, al no estar regulado externamente por un horario es difícil deslindarlo de “la vida”. Muchas de las tareas que forman parte del trabajo doméstico apenas son percibidas como tales, como por ejemplo, el tiempo que se dedica a pensar en lo que hay que comprar o a ayudar a los hijos en los estudios o llevarlos y traerlos. Hagan ustedes un listado minucioso de lo que hacen y delegarían, pero también honesto. Incluyan lo que no les gusta hacer y también lo que les proporciona tranquilidad y quizás placer, por ejemplo, llevarlos y traerlos aunque tengan edad suficiente para hacerlo solos, dejar preparadas todas las comidas si se va de viaje aunque sus hijos ya tengan edad para quedarse sin tutela y por tanto, se entiende, para ocuparse de su alimentación. De este modo, quedaría dibujado un esquema donde cada una podrá valorar el alcance de lo que considera su imprescindibilidad en el ámbito familiar y, por otra parte, lo que se abriría como el reto inmediato: .el tiempo libre y qué hacer con él.
El “en quién delegar “implica elegir adecuadamente a la persona en función de sus aptitudes y de su interés. Lo primero supone un reconocimiento por nuestra parte de las habilidades reales o potenciales con que cuenta el otro para asumir la delegación. Lo segundo, la motivación, es en algunas tareas domésticas, lo más difícil de obtener por lo complicado que resulta para nosotras mismas trasmitir un interés por un trabajo que, como hemos visto, resulta socialmente devaluado: El trabajo doméstico se considera rutinario, se trata de algo para lo que no se necesita una especial cualificación y sus características principales son el esfuerzo físico y la monotonía de la repetición. ¿Quién lo quiere?. El camino del medio, y no exento de conflictos, resulta la solución más utilizada consistente en hacer que rote la penosa tarea entre todos.
Y luego ¿qué?: el tiempo libre. Qué quiero hacer y qué estoy dispuesta a pagar por ello, es decir, tal vez la factura de ese difuso o manifiesto sentimiento de culpa por desentenderse de una atención permanente a los miembros de la familia.
La organización del tiempo libre que cada una será capaz de hacer está, obvio es decirlo, vinculado a los intereses individuales: la cultura, el deporte, la acción participativa, las actitudes creativas o relajantes. En el abanico entran todos los matices del potencial que cada una quiera desarrollar. 

Y aún si todo ello es secundario frente a las muchas gratificaciones que usted encuentra en el ámbito de lo doméstico, si el campo de reflexión que aquí se abre, le lleva a concluir que usted no quiere prescindir de lo que conoce ni que prescindan de usted, asuma su posición con la valentía de reconocer el placer que le reporta. El gran reto para las mujeres consiste en reconocer en nosotras mismas y de cara a los que nos rodean que hacemos elecciones que nos reportan placer y por eso nos mantenemos en ellas aún cuando a veces resulten invisibles bajo el disfraz de una queja insatisfecha relacionada seguramente con otros orígenes.

 

 

Que cada una de nosotras elija el lugar que quiere ocupar asumiendo las ganancias y las pérdidas que de cada caso se derivarán siempre. Cuando este paso esté dado, las mujeres estaremos más cerca de haber alcanzado un espacio de libertad en nuestras elecciones y en la puesta en acto de nuestros deseos.

                                                               

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BIBLIOGRAFÍA

Dio Bleichmar Emilce: “El feminismo espontáneo de la histeria. Estudio de los trastornos  narcisistas de la identidad”. Madrid 1985. Editorial  Adotraf.

Documentación Social. Revista de Estudios Sociales y Sociología Aplicada: “V Informe Sociológico sobre la situación social en España. Sociedad para todos en el año 2000”. Madrid 1995. Edita Cáritas Española.

Michel Andrée: “Sociología de la familia y del matrimonio”. Barcelona 1991.Ediciones Península.

Mizrahi Liliana: ”Las mujeres y la culpa”. Barcelona 1990. Editorial Emecé.

Nelson Robert B.: “Cómo delegar funciones al personal para lograr una mejor gerencia”. Madrid.1995. Editorial Irwin.

NOTA

Este artículo es una de las dos ponencias que sirvieron de información en un trabajo comunitario con mujeres, que bajo el título genérico de "La Mujer Imprescindible. Taller sobre ocupaciones y preocupaciones", tuvo lugar en Majadahonda, Madrid, en el último trimestre de 1.999, organizado por la Concejalía de Servicios Sociales, junto a la de Sanidad y Consumo y en colaboración con la de Educación, Juventud y Deportes. Las autoras hicieron el esfuerzo de articular un discurso próximo a las mujeres participantes, pegado a su cotidianidad, a fin de que éstas se apropiasen del mismo para hablar de sus preocupaciones -y/o de sus ocupaciones, como pedía el título del Taller-. Se abordan en estas charlas cuestiones relativas a la constitución del rol femenino, sus efectos en la identidad y la exigencia -externa, pero fundamentalmente propia- de compatibilizar con éxito la función tradicional con el trabajo productivo y/o con otras formas de participación social.


Estela Arriagada es psicóloga de la Concejalía de Educación del Ayuntamiento de Majadahonda. Desempeña sus funciones como psicoterapeuta en la práctica privada.
Ha coordinado numerosos grupos de mujeres orientados a la reflexión sobre la psicología femenina en los municipios de Móstoles, Leganés y Alcobendas

                                                                 

 

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