ESTELA ARRIAGADA PSICODIAGNOSTICO

 PRESENTACIÓN SEDE PARLAMENTO EUROPEO

 

 

 

MADRID, 20 DE MARZO 2014

 

 

 

 


PALABRAS DE LA AUTORA


 

Quiero comenzar agradeciendo la presencia de todos vosotros esta tarde. Agradecer también el auspicio de la Embajada Argentina representada por la Sra. Jessica Hechem y también las elogiosas palabras de mi amiga y colega de hace casi 30 años, Lila Chaves.

Intentaré ser breve porque dentro de un momento tres personas se sentarán aquí con nosotras para ofrecernos su valioso testimonio como extranjeros que miran al otro cada uno desde su ángulo y su experiencia profesional y al término de sus intervenciones se abrirá el coloquio donde ojalá escuchemos muchas más cosas desde vuestro lado.

Este libro es el resultado de una gestación que duró 8 años. Empezó en 2004, cuando España recibía miles de extranjeros. En 2012 los españoles empezaban a irse – así se escribe la historia- y fue el momento de poner el  punto final.

El otro es el extraño, el extranjero. Para el que llega el otro es el autóctono, igualmente ajeno y distinto.

Este libro condensa historias de encuentros y desencuentros entre ambos. Apoyé mis reflexiones en aportes literarios porque afirmo que la literatura entra por la puerta de la realidad y arroja luz sobre lo que ocurre.

No voy a decir mucho más por ahora porque quiero leeros una historia que escribí sobre un otro cualquiera. Es un otro hecho de retales, de experiencias de amigos, de pacientes, de algún protagonista literario que tomo prestado y claro, contiene también algún aporte de mi experiencia personal. No es muy larga y, dentro de todo, acaba bien.

Comenzaré citando a Mario Benedetti, escritor uruguayo, parte de cuyo exilio transcurrió en España. Dice Benedetti en uno de sus poemas: “Todos tenemos un enigma y como es lógico ignoramos cuál es su clave”. Los que nos ocupamos del inconsciente sabemos que esto es así.

El otro decidió un día abandonar su país con su enigma a cuestas (aunque en su conciencia anidara cualquier otra explicación: por hambre, por miedo, por buscar nuevos horizontes) ¿Qué más da?

El caso es que se despidió ¡Con lo que cuesta eso! Esa mezcla espesa de ilusión, de culpa, de miedo, de dolor....

El otro todavía es ignorante del alcance de la añoranza. (Es interesante saber que la palabra añoranza proviene de ignorar....) Todo: personas, cosas, costumbres, paisajes. Gran parte de lo que define su identidad queda atrás.

Llegó pongamos que en avión. No en patera ni saltando vallas por suerte para él. Recuerda perfectamente el día, el mes y el año. A todos los que conoce en su situación les pasa lo mismo.

A pesar de que creía haber hecho acopio de todos los papeles, cuando el otro llegó faltaba algo. Siempre falta algo.

Un par de amigos, inmigrantes que le precedieron, estaban allí. Los vio y sintió el descenso de la ansiedad, de la inseguridad y del miedo.

Llegó a Madrid. El idioma no le era ajeno (o eso creía).Lo primero fue el tono. La primera vez que fue a la frutería, el frutero le dijo: ¡Qué hay! a modo de saludo. Le pareció que estaba malhumorado. Y además no se entendieron. En su país gran parte de la fruta se llama de otro modo. Se supone que hablan el mismo idioma y no se entienden. No es el mismo idioma. No es verdad.La diferencia le pone delante una evidencia que a partir de ahora no le abandonará nunca más: el extranjero es él.

El otro encuentra pronto un trabajo. No es lo ideal pero no está mal para empezar. Se instala. Adorna su pequeña casa con algún objeto que ha traído, las fotos de los suyos....

El teléfono apenas suena y por las noches asoma eso nuevo que se llama nostalgia y que a veces le asalta en pleno día y sin avisar cuando en la calle percibe el olor de una comida y todo el recuerdo de lo que dejó se hace presente. No siempre duele. A veces le calienta el corazón. Un día un músico en el metro tocaba una canción de su país y junto con la moneda le dio las gracias.

Cada día el otro lee el periódico español. Busca noticias de su país y no las encuentra a excepción de cuando la realidad de allí convulsiona. Al principio piensa que es porque su país está lejos, otras veces que es porque su país no pinta nada en el contexto internacional. Y se pone triste. Él tampoco pinta nada en España.

Lo peor de Madrid para el otro es el invierno que parece no acabarse nunca. Y de un día para otro el infierno. “Me pongo rabioso. Debe ser el calor. En la otra ciudad yo era bueno” dice un niño venezolano (cuyo padre literario está en esta sala).

Los suyos se juntan en un parque. El otro va. Entre iguales las cosas cambian. Las metáforas, los localismos, los sobreentendidos vuelven de muy atrás. Al principio está bien porque todos recuerdan, pero siempre hay alguno que llora su nostalgia. No vuelve. No le gusta ese aire de naufragio.

La renovación de los papeles es un vía crucis. En la cola de la correspondiente comisaría y mezclado con otros de todos los colores, de vez en cuando hace amigos.

El otro vive en un barrio con muchos otros pero todos mezclados con madrileños.  El año nuevo chino, Bollywood y los festejos de vírgenes y santos son buenas razones para mezclarse porque todo el mundo está invitado.

Los primeros españoles que conoce le dicen que habla con acento dulce. No entiende ¿qué acento? ¡Ellos tienen acento! Además el otro no se tiene por persona dulce. Piensa en el frutero. Tal vez en realidad no estuviese malhumorado y fuera cosa de acentos....

Al otro no le va mal. No ha experimentado un rechazo abierto. Cuando dice de dónde viene algunos españoles lo consideran exótico. A veces alguna mirada desconfiada, algún comentario irónico o sutil respecto a su origen. El otro se hace el tonto mientras mete el pie en la relación. En cada puerta que se abre el otro mete un pie porque vino para quedarse.

El otro busca a alguien que le complete lo que le falta. En esto del amor a veces se fija en los de aquí. En ese caso fantasea con que así las cosas le irán mejor aunque a veces acaba enamorado. En cierta ocasión uno de estos acompañantes le dijo que le encantaría verle vestido con su traje típico. Ya estamos con el exotismo, pensó el otro. Dijo que sí a cambio de que esa persona se pusiera también su traje típico. Y la relación se acabó. Entonces se decía que era mejor que la persona elegida fuera de su mismo país, así no había que explicar nada. El lío se organizaba cuando la otra parte quería volver....o volver a emigrar.

Llega un momento donde el otro sabe que cuenta con amigos españoles. Que los quiere y le quieren. Amigos de verdad. Hace planes con ellos cuando las cosas van bien y también cuando van mal. Y se indigna y se manifiesta porque suceden cosas que también le duelen como a sus amigos españoles.

Con el tiempo el oído del otro es capaz de escuchar el tono y el acento que lo identifica, no en sí mismo sino en aquellos que proceden del mismo sitio de donde salió. “Buenos días, perdone señor, por favor, ¿sería tan amable de indicarme dónde queda el Museo del Prado?”, escucha que preguntan. Uh!, qué largo, piensa el otro.

El otro se siente confuso en su condición. A veces está seguro de ser extranjero y otras no admite que la extranjería le pertenezca. Se siente extraño respecto a su propia vida. Y, como Benedetti, se pregunta si la condición de extranjero no tendrá algo que ver con el estado de ánimo.

Han pasado muchos años. “¿Cómo puede ser que sigas hablando con acento?”, de vez en cuando le preguntan. Siente que es un híbrido. Y ya ni hablemos cuando se escucha en una grabación con esa música que es extraña, que es de ninguna parte.

Siente que pertenece a España pero cada vez es más consciente que su identidad es una identidad de frontera.

En una ocasión pasó algo en su vida que produjo efectos de anclaje. Supo que no volvería más. Lloró mucho después de eso. Ya se estaba quedando pero no lo sabía. A partir de entonces se quedó.

Cada vez que el otro vuelve a su país de origen se da un baño de afecto.” Hablas raro”, le dicen y él se ríe porque ya sabe que es verdad.

Al cabo de un tiempo tiene nostalgia de los lugares donde sintió nostalgia y quiere volver. Quiere volver a su casa.

¿De dónde es el otro? ¿De dos países? ¿De ninguno? A mí me parece que la respuesta está en este pequeño fragmento del poema Migraciones de Gloria Gervitz: “No tengo más vida que ésta que me vive”.

 

 Muchas gracias.